Venezuela Campeón Mundial de Beisbol: una Oda al Sistema
Ha sido muy emocionante vivir la victoria de la selección venezolana en el Clásico Mundial de Béisbol. Una alegría colectiva, desbordante, que atravesó fronteras y recordó a millones de venezolanos en el mundo que hay algo que los une más allá de la política, el exilio o la distancia: el béisbol.
Sin embargo, cuando analizo las trayectorias de esos jugadores, cuando constato de dónde vienen y cómo llegaron a donde llegaron, la emoción se multiplica. Porque detrás del triunfo venezolano hay una historia que va mucho más allá de la gorra tricolor. Hay un sistema. Y ese sistema se llama Major League Baseball, o, como se la conoce en castellano, las Grandes Ligas.
Sin quitar ningún mérito a los peloteros venezolanos, que se han forjado en años de esfuerzo diario, de disciplina constante, de sacrificios que la mayoría no ve, lo cierto es que hay algo más poderoso que la nacionalidad que los une: el hecho de haber sido desarrollados, casi en su totalidad, dentro del sistema de competiciones de béisbol creado por los Estados Unidos.
Casi todos los equipos que disputaron ese campeonato, al que el mundo llama “el mundial del béisbol” aunque su nombre oficial sea otro, tienen eso en común: sus estrellas son, en su gran mayoría, jugadores de Grandes Ligas formados dentro de la extraordinaria red de competiciones que la MLB ha tejido a lo largo de décadas.
Un análisis de la nómina de esa selección venezolana campeona revela que el jugador promedio firmó su primer contrato profesional norteamericano a los 16 o 17 años, pasó entre cinco y diez años en las Ligas Menores, y acumuló una mediana de once años dentro del sistema antes de disputar este torneo. Salvador Pérez, de apenas 35 años de edad y la estrella de mayor trayectoria del equipo, ingresó al sistema con apenas 16 años cumplidos y lleva ya veinte jugando en las Grandes Ligas. Es decir, lleva la mitad de su vida compitiendo en busca de su máxima excelencia dentro de ese sistema.
Y eso, lejos de restar mérito al triunfo venezolano, lo enriquece. Porque es una demostración simultánea de dos cosas igualmente admirables: la calidad del beisbolista venezolano y la grandeza del sistema de competiciones que lo hizo posible.
Y esto último merece ser estudiado. Porque aun siendo un sistema concebido para nutrir de talento a las Grandes Ligas de los Estados Unidos, está diseñado con tal acierto que se ha convertido en orgullo y parte de la fibra cultural de cada país donde está presente. ¿Acaso alguien puede negar que el béisbol es también uno de los deportes favoritos de Venezuela? ¿O de Puerto Rico? ¿O de la República Dominicana? ¿O incluso de la propia Cuba?
Un sistema que sube al talento, no a los clubes
Para entender lo que está en juego, hay que entender la arquitectura del béisbol norteamericano. Tal como desarrollo en mi libro Competición Limpia, la industria del deporte solo puede comprenderse desde su sistema fundacional: la competición. Ese sistema asociativo, virtuoso y gigantesco, que enriquece las vidas de miles de millones de personas y que produce alegrías y frustraciones en quienes siguen las hazañas de los mejores deportistas del mundo.
El béisbol norteamericano ha construido, desde mi punto de vista, uno de los sistemas de competiciones mejor diseñados en la historia del deporte. Visto de arriba hacia abajo: la MLB es la corona, la cima a la que aspiran todos los que entran al sistema. Por debajo, las Ligas Menores y también las Ligas Universitarias funcionan como el gran laboratorio del talento: una estructura de desarrollo progresivo donde los jugadores compiten, crecen y ascienden según sus méritos. Y entrelazadas con todo esto, las ligas de invierno —la Liga Venezolana de Béisbol Profesional, la dominicana, la puertorriqueña— que operan durante el período de descanso de la MLB como escenario de prueba para los talentos a punto de dar el salto definitivo.
La Liga Venezolana de Béisbol Profesional apenas dura tres meses al año. Pero esos tres meses son parte de un engranaje perfectamente calibrado para alimentar el sistema mayor, el de las Grandes Ligas, que dura otros seis meses. Juntos, liga de invierno y Grandes Ligas crean una fanaticada en cada país que sigue el béisbol durante todo el año: tres meses de cerca, en el estadio; seis meses de lejos, a través de la televisión y los medios.
Por debajo de esas ligas profesionales nacionales existe una pirámide de competiciones de desarrollo cuidadosamente diseñada, que arranca desde los más pequeños y da vida a academias y escuelas de béisbol —no necesariamente a clubes— que enseñan las bases de la disciplina y llenan de sueños de Grandes Ligas a los niños que juegan. Y algo verdaderamente admirable es constatar que, en ese sistema “norteamericano”, un niño del Zulia, o de Sucre, o de cualquier pueblo de Venezuela, puede comenzar jugando béisbol en su barrio, ir creciendo, compitiendo, ascendiendo liga a liga, y si tiene el talento, la disciplina y, sí, algo de suerte, llegar a las Grandes Ligas. La Federación Venezolana de Béisbol (FEVEBEISBOL) organizó 26 campeonatos nacionales solo en 2024, meticulosamente diseñados para generar oportunidades en todas las categorías y modalidades, y tiene programados al menos 23 para 2025. Esa es la base de la pirámide.
Vale la pena señalar que, sin ser el deporte de mayor base de participación en países como Venezuela —donde el fútbol lo supera ampliamente en ese sentido—, el béisbol desarrolla deportistas de altísima calidad competitiva con una eficiencia que ningún otro sistema deportivo en esos países parece igualar. Y lo hace recompensando a quienes más talento tienen: para quien decide dedicarse al béisbol como profesión, el sistema ofrece una carrera digna y relativamente bien remunerada, con dos ligas donde ganarse la vida, la de invierno y las Grandes Ligas, e incluso la posibilidad de cursar estudios universitarios para quienes eligen la ruta del béisbol colegial. Todo ello genera además fanáticos leales, gracias a una combinación poderosa: los equipos locales en las ligas de invierno, y el seguimiento temporada a temporada de los talentos propios que van creciendo como estrellas en las Grandes Ligas. El triunfo de Venezuela en el Mundial, y la reacción del país entero, constatan todo esto con gran elocuencia.
El sistema cerrado más abierto del mundo
Aquí viene el dato que puede parecer paradójico, pero que es la clave de todo: este es un sistema de competición cerrado. En el béisbol norteamericano no hay ascensos ni descensos de equipos entre ligas, como en el fútbol europeo. Los franquiciados de la MLB no bajan. Los equipos de las ligas menores no suben. Y sin embargo, este sistema aparentemente “cerrado” es, en la práctica, el más meritocráticamente abierto del mundo del deporte. Porque lo que asciende no son los equipos, sino los individuos. Lo que sube es el talento. Y el único pasaporte que el sistema exige es el esfuerzo, la disciplina y la capacidad.
En ese sentido, el béisbol norteamericano es más justo, más democrático y más igualitario que muchos sistemas que presumen de apertura. Un chico de un pueblo sin recursos en Venezuela tiene exactamente las mismas reglas del juego que uno criado en las academias de los Yankees. Las reglas no cambian según de dónde hayas nacido o de dónde vengas. En el béisbol, la doble nacionalidad es una anécdota, no un requisito para poder jugar en la liga si tienes el talento y la disciplina para hacerlo.
Y eso es extraordinario.
Esa es exactamente la lección del Clásico Mundial de Béisbol. Venezuela ganó. Pero al mismo tiempo, ganó el sistema que hizo posible que esos venezolanos llegaran a ser quienes son. Esa es la definición misma de un gran sistema de competiciones —ese sistema que aspira a ser competición limpia—: uno que desarrolla al individuo, que lo inspira a buscar su excelencia y a alcanzar su máximo potencial, y que además le permite demostrar esa excelencia representando con orgullo lo que más quiere. En este caso, su país.
Enhorabuena, Venezuela. Y enhorabuena también, Estados Unidos: gracias por el béisbol.
(¿Y cuánto tiene que aprender el fútbol internacional!)
Nota del autor: No es casual que el fútbol, o soccer como se le llama en Estados Unidos, también esté experimentando un crecimiento extraordinario en ese país. Su liga profesional de primer nivel, la Major League Soccer o MLS, está igualmente estructurada como una competición cerrada —sin ascensos ni descensos—, siguiendo el mismo modelo que el béisbol. La MLS nació como legado del Mundial de 1994, del que fui vicepresidente, y ese modelo es precisamente lo que explica por qué hoy el fútbol está superando al béisbol en popularidad entre los adultos estadounidenses. El sistema funciona. Siempre funciona.
(Ver: https://www.si.com/soccer/
*Publicado con autorización de Cheche Vidal. El artículo original puede leerse en su publicación Dribbli Ethosport en Substack: https://dribbliethosport.


