Nelson Rodríguez: El arbitraje como docencia

¿Y que pitó ese…, que le sacó, injustamente,  la tarjeta roja a nuestro jugador?”, vociferó el narrador de radio.

Con la desaparición del árbitro bolivarense Nelson Rodríguez, el fútbol venezolano pierde a uno de los verdaderos adalides.

Nelson perteneció a una época muy cuestionada y a la vez muy valiente, en la que ser árbitro representaba una osadía, un riesgo mayúsculo, que él se atrevió a correr innecesariamente, siendo un profesional de la docencia egresado de la Universidad Central de Venezuela.

En épocas en que era difícil ver al fútbol nacional por televisión, en una pantalla atiborrada por el calcio y la liga española, los árbitros venezolanos siempre estaban en el ojo del huracán.

En la memoria de los juegos sólo quedaban las grabaciones en cassette de los relatos en las  voces altisonantes de los narradores y comentaristas de radio,  y en las poéticas  y, de vez en cuando animosas,  reseñas de los periódicos.

Esa misma anonimia en la pantalla chica, era sin embargo, el ingrediente de las sospechas, cada vez que con fruición los periodistas y locutores deportivos, indagábamos quién era el principal de una terna, para atrevernos a vaticinar el resultado del partido.

Siempre hubo y seguirá habiendo manejos tendenciosos en la administración de la justicia en el fútbol, así se haya aparecido la tecnología  con su intruso VAR.

Nelson siempre hizo valer su ecuanimidad,  que no pocas veces le costó salir escoltado mucho tiempo después de haber sentenciado los tres pitazos finales.

Internacional FIFA, con participación en los más importantes eventos continentales, excepto un Mundial, Nelson Rodríguez ejerció de soplapitos con la misma vocación de maestro de aula, dejando de vez en cuando sus modales pedagógicos, para hacerse entender con el discurso que rodea la atmósfera de un partido de fútbol.

Fue uno de los primeros árbitros con un título universitario y con la disposición de canalizar todo su bagaje a favor de los nuevos prospectos,  a quienes evaluaba aislado en lo más alto de los escaños del estadio, para emitir su informe a la Comisión Arbitral.

Veía cosas que nadie podía ver en el desempeño de aquellos hombres, que en todas las canchas del mundo reciben sonoros insultos y amenazas de todo calibre, y que deben tener en sus oídos un pitico censor de las mentadas de madre que son parte del folklor futbolístico.

Más de una vez lo esperé en Cachamay para dejarlo en la terminal rumbo a su Ciudad Bolívar,  que hoy llora su despedida, como todo el balompié criollo y suramericano.

Hoy, quienes una vez recriminaron, en un estadio nuestro, la expulsión de un jugador que,  de rodillas y con sus manos en una posición reverencial, parecía estar  pidiendo clemencia, nunca se enteraron que aquella imagen que se encargaban de ponderar como ejemplo de buenos modales, no era más que una suposición.

“¿Qué pitaste HP”?, fue lo que aquellas 30 mil personas enloquecidas por el resultado adverso del equipo local,  no pudieron escuchar ni comprender.

Y cómo esa anécdota, fueron tantas que el buen Nelson, el profe, nos contó de su ejercicio en el oficio más peligroso del fútbol que ejerció con dignidad.

 

Carlos Dickson Pérez