Medir no es juzgar
+Egipto, Argentina y el precio de la certeza tecnológica
por: Cheché Vidal
En mi libro “Competición Limpia” explico cómo la calidad de la gestión deportiva es fundamental para la aspiración a la excelencia que define el Juego Limpio, y cómo el uso correcto de la tecnología es parte esencial de esa gestión en el deporte moderno.
Profundizo en esta idea en mi serie especial de Substack sobre los Juegos Olímpicos de Invierno, en el artículo “Tecnología, Competición y Juego Limpio”: la tecnología deportiva, incluida la inteligencia artificial, ayuda al ser humano a medir, pero no a juzgar. El ejemplo era modesto pero de alcance mundial: una sospecha de doble toque en una piedra de curling, en un partido entre Canadá y Suecia, que ni las cámaras ni los jugadores resolvieron del todo. Sirvió para mostrar algo más: la tecnología no solo mide con mayor precisión que el ser humano, también amplifica, vía televisión y redes sociales, no solo el resultado de una jugada, sino el modo en que se compite. Cuanto mayor la dependencia tecnológica para la justicia externa de una competición, mayor debe ser la exigencia de conciencia interna de quienes la protagonizan.
Esa realidad conecta con una idea que ya había planteado, de forma más general, en otro artículo de Substack, “Democracy, Meritocracy & DEI: A Perspective from Fair Competition”: ninguna competición, como ningún atleta, puede aspirar a la perfección, porque esta no existe; lo que le exigimos, a ambos, es la búsqueda constante de la excelencia, incluso en sus momentos más imperfectos.
El Mundial de 2026 volvió a poner esa exigencia a prueba a través de una revisión de VAR que duró apenas unos segundos y que, sin embargo, revela algo más profundo sobre cómo el fútbol contemporáneo confunde medir con juzgar.
El partido de octavos de final entre Argentina y Egipto, disputado el 7 de julio en Atlanta, tenía todos los ingredientes de una hazaña, y también de un drama construido en capas. Egipto ganaba 1-0 cuando, en el minuto 58, Mostafa Ziko anotó en un contraataque que habría puesto el marcador 2-0. El gol fue anulado tras revisión del VAR. Nueve minutos después, en el 67, el propio Ziko volvió a anotar, esta vez sin objeciones, para poner el 2-0 que el primer gol ya le había dado, y que le fue arrebatado. Argentina descontó en el 79, Messi empató en el 83, y un tercer gol argentino ya en el descuento selló una remontada de 3-2.
Las estadísticas oficiales de ese tramo del partido cuentan una historia de dominio sin eficacia: Argentina acumuló el 57% de la posesión frente al 34% egipcio (el resto, en disputa)[i], disparó diecinueve veces al arco egipcio por apenas cinco intentos egipcios, siete de esos remates fueron a puerta, por solo dos de los cinco egipcios, y ganó seis córners por uno solo egipcio. Ese dominio explica en parte por qué Egipto pasó buena parte del partido replegado, defendiendo espacio antes que disputando el balón en campo rival.
Ese contexto también revela lo digno del planteamiento defensivo egipcio: pese a defender la mayor parte del encuentro, Egipto cometió menos faltas que Argentina (11 contra 13), el equipo que dominó el balón, no el que se defendió, interrumpió más veces el juego con contacto. El dato importa: el contacto que anuló el primer gol de Ziko no ocurrió en un partido sucio por parte egipcia, sino en uno con faltas repartidas casi por igual en ambas direcciones de la cancha.
Ante un reclamo argentino, el árbitro asistente de video, Jérôme Brisard, retrocedió la imagen hasta un contacto ocurrido diecisiete segundos antes del gol[ii], toda una eternidad tratándose de un contragolpe, y a noventa metros de distancia, en la otra mitad de la cancha: Marwan Attia había tirado de la camiseta de Lisandro Martínez y, al hacerlo, le pisó el pie, mientras el argentino intentaba superar a dos rivales para iniciar la jugada. Brisard determinó que ese contacto marcaba el inicio de la fase ofensiva que terminó en gol, y que constituía falta. El primer gol de Ziko, el que habría sentenciado el partido antes de tiempo, fue anulado.
Minutos después, esa misma discrecionalidad volvió a quedar en evidencia, esta vez en el área opuesta. En la jugada previa al gol decisivo de Enzo Fernández, en el 90+2, se sucedieron dos incidentes en el área argentina: una camiseta de Hamdy Fathy tirada por Alexis Mac Allister, sin sanción, y segundos después un contacto de Julián Álvarez sobre el pie de Mohamed Salah, que Egipto reclamó como penal y que el árbitro Francois Letexier tampoco sancionó. En ninguno de los dos casos el VAR llamó a revisar la jugada en el monitor, el mismo paso que sí se había dado minutos antes para anular el gol de Ziko. Argentina recuperó el balón y anotó el gol que selló la remontada.
El fútbol es, como lo definió Paul Gardner en su libro The Simplest Game: The Intelligent Fan’s Guide to the World of Soccer (1976), el juego más simple; y esa simplicidad se extiende, o debería extenderse, a su administración y a su arbitraje. A diferencia de otros deportes, donde el árbitro se limita a medir, marcar líneas, contar segundos, validar posiciones, en el fútbol el árbitro juzga desde dentro del campo, como un participante central del juego mismo. Esa doble función, administrativa y valorativa, ejercida por alguien que corre junto a los jugadores y no desde una cabina, es parte del secreto de la popularidad del deporte: jugadores y aficionados han aceptado sus límites como algo intrínseco al juego, no como una falla que corregir.
Hay un dicho conocido entre árbitros: se sabe que uno hizo un buen trabajo cuando apenas se lo notó durante el partido. Introducir tecnología que promete medir con mayor precisión es, en ese sentido, una solución agridulce: ayuda a medir mejor y, en apariencia, a ser más justos con los competidores, pero también vuelve más compleja la propia tarea de medir y de juzgar sobre esa medición. Por eso, mantener el uso de la tecnología simple y efectivo es clave si el deporte aspira a su máxima excelencia de gestión, sobre todo en una era en la que el video, expuesto públicamente al mundo entero, permite que cualquier aficionado juzgue la misma jugada con los mismos ángulos que el árbitro, o mejores.
Y ahí es donde este caso conecta con una premisa central de mi libro y mis artículos de Substack: la tecnología no juzga, solo mide. Lo ocurrido en el minuto 58, y lo que no ocurrió en el 90+2, no fue el hallazgo, o la ausencia, de un hecho objetivo escondido a simple vista, sino el ejercicio de una misma discrecionalidad, dónde empieza una fase de ataque, qué contacto es falta, cuándo amerita una segunda mirada, aplicada dos veces, en direcciones opuestas, y presentada ambas veces con el lenguaje de la certeza técnica: “el VAR revisó y confirmó”, en un caso; “el VAR no encontró motivo para intervenir”, en el otro. Ese lenguaje corre el riesgo de sustituir la conciencia del árbitro por la autoridad del sistema. Y cuando una decisión se anuncia como juicio puro, sin el auxilio de esa misma medición, justo después de haberla invocado, minutos antes, en una jugada aparentemente similar, esa asimetría también sustrae al árbitro de la responsabilidad moral que todo juicio conlleva, esta vez bajo apariencia de injusticia.
Ese fenómeno tecnológico no se agota en el VAR: se amplifica, además, por las mismas tecnologías de la información, televisión, redes sociales, que retransmiten cada jugada al mundo entero. Lo que quedó después no fue el marcador, sino el carácter de todos los involucrados: la Federación Egipcia de Fútbol habló, en un comunicado, de “incidentes arbitrales controvertidos e influyentes” y de preocupaciones “profundas” sobre la “consistencia y la equidad” de las decisiones; el seleccionador egipcio, Hossam Hassan, declaró a la agencia AP: “Hemos sido tratados injustamente hoy. Hemos sufrido una injusticia”. Ninguna reacción resolvió la duda técnica sobre la jugada; ambas, en cambio, confirmaron lo que ya había advertido meses antes a propósito del curling en los Juegos de Invierno: lo que perdura en la memoria colectiva no es el resultado, sino la controversia.
No esperamos la perfección de un árbitro humano. Lo que la areté exige no es la infalibilidad del VAR, sino la honestidad institucional de reconocer sus límites: medir con mayor precisión no equivale a juzgar con mayor sabiduría, y ninguna revisión de video, por exhaustiva que sea, sustituye la conciencia de quien finalmente decide. Cuanto mayor la dependencia tecnológica para la justicia externa del juego, mayor debe ser la exigencia interna, de árbitros, federaciones y de la propia FIFA, de ejercer ese juicio con transparencia y proporción.
De este caso se desprende una recomendación, aunque no la que un primer impulso sugeriría. Un registro público de cada jugada que el VAR consideró y descartó no parece una solución práctica: multiplicaría la burocracia del arbitraje justo en el deporte que, según Gardner, debe buena parte de su popularidad a mantenerse simple. Una alternativa más práctica, y más simple, sería una regla de precedente: si el VAR ya intervino durante un partido para revisar un tipo de contacto, el árbitro queda obligado a aplicar el mismo criterio ante una jugada comparable que afecte al equipo contrario, incluso si su impresión en el campo es que no hace falta.
Hoy, el artículo 36.8 del reglamento de la FIFA World Cup 26 se limita a autorizar el uso del VAR “según el protocolo establecido por IFAB”, sin exigir esa consistencia entre ambas mitades de la cancha. Una obligación de precedente, binaria, sin registros ni burocracia, aplicada de manera pública y notoria: si se revisó allí, se revisa aquí, bastaría para cerrarla, sin añadir una sola capa de complejidad al juego.
* * *
Como argumenté en “Tecnología, Competición y Juego Limpio” (Dribbli Ethosport, 2026), la tecnología fortalece la ejecución de la Competición Limpia, mide mejor, clasifica con más rapidez, reduce el error de percepción, pero no reemplaza la conciencia. Lo ocurrido en el minuto 58 de Argentina-Egipto es, quizás, la ilustración más nítida de esa advertencia en lo que va del Mundial 2026.
SERIE DEL MUNDIAL FIFA 2026 SOBRE JUEGO LIMPIO
Referencias
[i] Fuente: FIFA World Cup 2026 Match Centre. Otros proveedores, como ESPN y WhoScored, sitúan la posesión de Argentina más arriba, entre el 63% y el 64%.
[ii] Según reportó The Athletic.
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