Futuro a alta velocidad

Se ha dicho y escrito insistentemente. Ya es casi un lugar común que la humanidad no está viviendo una época de cambios, sino un cambio de época. Una manera clara, sin duda, de describir las transformaciones que están teniendo lugar a lo largo y ancho del planeta, vinculadas de manera muy directa al ritmo y a la orientación del desarrollo científico y tecnológico, convertido en un motor de enorme importancia en la configuración del mundo actual.

Vivimos en la sociedad del conocimiento, expresión que progresivamente se ha acuñado para caracterizar a la sociedad actual; es un escenario en el que está cobrando forma la Cuarta Revolución Industrial, que da origen a cambios radicales y acelerados, derivados de un conjunto de tecnologías disruptivas, basadas en la nanotecnología, la biotecnología, las tecnologías de la información y las ciencias cognitivas. Estas representan la integración de lo físico, lo biológico y lo digital y dan lugar a infinidad de innovaciones que permean cada rincón del quehacer humano.

Veamos algunos pocos ejemplos que ilustran lo expresado.

Se habla del desarrollo la “economía ingrávida”, según la expresión del profesor Jeremy Rifkin, sustentada principalmente en la generación, transmisión y utilización de bienes intangibles (conocimientos en sus diversos formatos), a partir de un modelo muy diferente que supone variaciones notables respecto a las formas de acumulación de capital, los modos de producción, el mercado, el trabajo, así como las materias primas, la propiedad intelectual e igualmente, otros elementos sobre los que discurre el desempeño productivo.

En los países más avanzados, las inversiones en lo que se identifica como el capital basado en conocimiento (datos, software, patentes, nuevos procesos organizacionales, diseños, etc) se incrementa a un ritmo mucho mayor que la inversión en capital físico (maquinaria, equipamiento e infraestructura).

En la agricultura, por otra parte, el avance de la genética en la producción de alimentos (y menciono apenas una novedad entre muchísimas más que influyen notablemente en este sector), podrá implicar en un futuro no muy lejano el ahorro del 95% en el uso de agua, del 98% en el uso de tierra y del 45% por ciento en el uso de energía, generando a la vez un 95 por ciento menos de gases de efecto invernadero.

En el ámbito de la política también se registran consecuencias relevantes. Cabe señalar en este sentido, la posibilidad de ejercer una vigilancia extrema sobre los ciudadanos, siendo el Estado chino (asesor de Venezuela en lo concerniente al carnet de la Patria) el que más lejos lo ha llevado, vía inteligencia artificial, big data y reconocimiento facial, aunque de la misma manera también lo llevan a cabo igualmente algunas empresas, como es el caso de Amazon que, a los efectos de medir su impacto en la productividad de la organización, monitorea el número de veces que sus empleados van al baño, un evento que parece trivial pero que no lo es en absoluto.  Es importante advertir, sin embargo, que por otro lado se observan, así mismo, proyectos que, por el contrario, buscan sacar provecho al potencial democratizador de tales tecnologías, valorándolo como un objetivo inherente a la condición de ciudadanía en esta época.

En lo que atañe al campo educativo se están generando innovaciones que modifican a fondo las maneras como se enseña, los contenidos que se enseñan y las organizaciones en las que se enseña, abarcando todos los niveles, desde la primaria hasta el nivel universitario.

Y en el deporte, por hacer una última referencia ilustrativa, se advierte la incesante incorporación de tecnologías muy diversas que dejan una huella determinante en todos sus aspectos (implementos, métodos de entrenamiento, estrategias, sistemas de alimentación, instalaciones e indumentarias), e incluso han empezado a hacer sonar las alarmas advirtiendo la posibilidad del dopaje genético, vale decir la manipulación de los genes con el fin de mejorar el rendimiento de los atletas.  Tales son los avances que se especula, entonces, que pronto hablaremos del post deporte protagonizado por “cyber atletas”.

Cambios que nos sorprenden

A partir de los párrafos anteriores, habrá que reiterar que la revolución tecnológica entraña sacudidas radicales que ocurren tan rápida y constantemente que se nos dificulta poder entenderlas y manejarlas desde el punto de vista de sus consecuencias. Nos agarran colgados de la brocha, por decirlo de alguna manera.

La cuestión es, entonces, cómo hacerle frente a situaciones que remiten a acontecimientos muy complejos y que contribuyen a determinar, incluso, la perspectiva desde que nos percibimos como humanos, abriendo paso a modificaciones en la manera en que nacemos, vivimos, aprendemos, trabajamos, producimos, consumimos y hasta como rezamos, soñamos y morimos.

Surge así, una discusión de gran trascendencia y de muchas vertientes sobre asuntos que, hasta no hace mucho, sólo aparecían en películas y libros dados a fantasear con el porvenir de nuestra especie.

En efecto, se ha surgido un debate que, dicho en pocas palabras y a riesgo de simplificar en demasía, apunta a las alteraciones en el concepto de identidad humana, como derivación de las tecnologías emergentes, en particular, aunque no sólo, las asociadas a la inteligencia artificial y la biotecnología, sentando de esta forma las bases de una posible civilización post humanista.

Visto lo anterior, resulta indispensable ir creando nuevos esquemas de análisis, a partir del trabajo sinérgico entre las ciencias sociales y las ciencias naturales, con el objetivo de hacerle frente a las interrogantes que emergen, dando pie a dudas y dilemas, tanto morales como legales acerca de temas tales como si los robots tienen derechos y responsabilidades; si se pueden clonar los seres humanos, si debería permitirse a un cyborg muy avanzado postularse para cargos políticos, si se pueden vender los datos que recogen empresas y gobiernos a partir de la huella digital que dejamos todos, si se puede patentar un gen, si debe la modificación de genes ser legal para manipular a la raza humana, si se debe autorizar la creación de “bebés de diseño”, en fin.

Y como estas son casi un infinito número de cuestiones, muchas de ellas (tal vez menos espectaculares que las aludidas en el párrafo anterior, pero también de enorme significación) serán el resultado de la aplicación de otras tecnologías y de las que no cabe desentenderse en ningún sitio del planeta, porque los procesos de globalización establecen que casi todo pasa en casi todos lados.

Venezuela: hay que salir del Siglo XX

Obviamente, estas cosas de las que vengo hablando también le conciernen a Venezuela, aunque de momento parecieran no figurar en la pantalla a través de la que mira su historia del mañana.

En efecto, al país le cuesta mucho trascender su presente coyuntura. Lleva un buen tiempo desenvolviéndose en clave urgencia, agobiado por una muy severa crisis política y sin espacio, casi, para encarar tareas que no sean las inmediatas, las de cada día, relacionadas principalmente por la sobrevivencia de sus habitantes. En suma, Venezuela no tiene un relato político sobre el futuro. Es un asunto que se le traspapeló

El tsunami tecnológico consigue al país mal ubicado y desprotegido, tal y como lo muestran casi todos los diagnósticos, los cuales ponen de manifiesto una realidad estructuralmente débil desde todos los puntos de vista (social, económico, político, institucional y cultural), de espaldas a las exigencias que se desprenden de la actualidad.

Específicamente en relación con sus capacidades en el campo científico y tecnológico, baste con señalar, como reflejo una situación general precaria en todos los órdenes, que la diáspora alcanza a la mitad de la comunidad científica nacional y a no menos de 70.000 ingenieros, para no hablar de presupuestos, infraestructura en los laboratorios y empresas, y cosas por el estilo, además de un conjunto de políticas gubernamentales desatinadas.

En síntesis, hay que reescribir la agenda de las prioridades nacionales en función de los cambios que se derivan del tsunami tecnológico, escuetamente descritos en estas líneas. Así las cosas, la propuesta de la Venezuela post rentista, colocada desde hace rato en el centro del discurso político (hasta la fecha más retórica que otra cosa), pasa principalmente por plantarle cara a los desafíos que trae consigo el Siglo XXI, del que, por cierto, ya han pasado dos décadas.

Supone, entonces, salir el Siglo XX y adoptar, a su manera y según sus propósitos e intereses, los códigos que gobiernan estos días: los de la Cuarta Revolución Industrial.

 

Ignacio Ávalos Gutiérrez es sociólogo egresado de la Universidad Central de Venezuela. También es profesor de esta casa de estudios superiores. Cuenta con una especialización en políticas públicas en las áreas de de ciencia, tecnología e innovación.