El Mundial FIFA’2026: una competición para estudiar, y un sistema global para entender

Por: Cheché Vidal

*Este artículo es parte de la serie especial de Dribbli Ethosport dedicada al Mundial FIFA 2026: un registro analítico sobre las decisiones institucionales y las actuaciones éticas del torneo, elaborado desde la perspectiva del Juego Limpio y la Competición Limpia y en mi rol como miembro del Consejo Directivo del CIFP.

El Mundial FIFA 2026, el primero con cuarenta y ocho selecciones y ciento cuatro partidos, rompió todos los récords que se esperaban de él y dibujó, en el campo, los desequilibrios de un sistema mundial de competiciones que necesitamos entender para poder mejorarlo. Las dos cosas tienen la misma explicación, y no está en el torneo. Medirlo fue solo la mitad del trabajo; lo que dejó por narrar es la otra.

Este tema de haber sido primero futbolista profesional y luego tecnólogo en mundiales de fútbol, hace que uno vea a esta competición con más detalle por un lado y más cariño por otro. Quizás por ello mismo es que hace años, cuando me preguntaban sobre si había cambiado mi óptica con respecto a los mundiales cuando pasé de una profesión a la otra, respondí resumiendo todo con una frase que al día de hoy se ha convertido en casi una manera de entender y analizar a competiciones de fútbol, especialmente el Mundial: “el fútbol tiene tanto de prosa y poesía, como de fórmulas y algoritmos matemáticos.”

No lo supe entonces, pero esa frase describía también uno de los argumentos base de mi libro “Competición Limpia”, donde explico a detalle cómo ello ilustraba una distinción que los griegos ya habían resuelto hace veinticinco siglos. Llamaban agón al enfrentamiento mismo: la estructura, la regla, el marco que organiza a los rivales, y áthlos a la prueba que ese enfrentamiento le exige al competidor: el esfuerzo, la hazaña, aquello de lo que nace la palabra “atleta”. Un agón se mide; un áthlos se narra. Y un Mundial de fútbol, como pocos eventos humanos, es ambas cosas a la vez, sin que ninguna le reste terreno a la otra.

Hoy, gracias a años investigando para mi libro “Competición Limpia”, veo aún más claro el significado de esa frase, y de ese eco griego. El fútbol, y uno podría decir eso de cualquier deporte, se tiene que entender desde ambos contextos: el de la competición, el agón, que establece la estructura, las reglas, pero que aún más importante, la que mide, clasifica, aplica fórmulas y algoritmos para poder juzgar y determinar cómo compiten los participantes; y el de la competencia, el áthlos, que viven los participantes en sus estrategias y tácticas de juego, que en realidad son de competir jugando, y que solo se puede describir con la prosa correcta, o la poesía que emule el sentir al constatar las hazañas que realizan en el terreno en el que compiten, para entender no solo lo que ocurre durante cada partido, sino la pasión que desata en quienes lo ejecutan y quienes lo observan.

Y esa es la visión de este artículo del Mundial. Resumir en un documento el análisis del Mundial de fútbol 2026 que incluya el análisis de tanto la competición, es decir, el algoritmo, para entender lo que representó como sistema, y desde sus competencias, es decir, desde sus protagonistas, los jugadores, sus hazañas y acciones que solo pueden entenderse desde la prosa y a veces, poesía.

En mi caso refiero a ir más allá de aquello a lo que una competición como el Mundial debe aspirar hacer para ser una competición limpia o inspirar al Juego limpio, tal como detallo en los cuatro artículos anteriores de esta serie: “Reputación en la mira”, “Medir no es juzgar”, “La apuesta equivocada” y “La verdadera medida del juego limpio”, es también importante saber leerla desde lo que representa como la competición desde sus fórmulas y algoritmos: desde lo que midió, clasificó y lo que permite comparar entre las actuaciones y los resultados de sus selecciones participantes descritas para siempre en prosa y poesía, y que inspiren a alcanzar la excelencia tanto a los mundiales que vienen, como a la humanidad que los vive como a ninguna otra competición. Eso nos ayuda a entender no solo lo que dejó en el campo de juego, sino lo que representa como cúspide del sistema mundial de competiciones donde esas selecciones desarrollan y exhiben sus competencias para el bien del deporte y la humanidad.

  1. El resumen competitivo del Mundial

Empecemos por lo obvio, que en este caso son una serie de indicadores que describen lo extraordinario que fue el Mundial 2026 como evento de escala mundial.

Por primera vez en la historia, fueron cuarenta y ocho selecciones, ciento cuatro partidos, treinta y nueve días, tres países, dieciséis ciudades. Con esas dimensiones se produjo, como era de esperar, el récord absoluto de asistencia de la historia de la competición: 6.810.966 espectadores, superando el 25 de junio, cuando aún faltaban cuarenta y cuatro partidos, la marca de Estados Unidos 1994, jugado con apenas veinticuatro selecciones. Y aun a pesar de la muy criticada estrategia de precios variables según la demanda, que llevó los boletos a los valores más altos de la historia de los Mundiales, la gente siguió pagando: 99,7 % de ocupación promedio en los primeros sesenta encuentros, con un récord de 281.223 espectadores en un solo día. Los ingresos rondaron los 15.000 millones de dólares, de los cuales 871 millones fueron premios para las selecciones, casi el doble que en 2022.

Conviene precisar algo sobre esa cifra, porque se citó mucho y sin matices: son ingresos de la FIFA. Queda por verse si el torneo produjo un impacto económico neto que beneficiara a los tres países anfitriones, y hoy esa pregunta no tiene respuesta verificable.

Del resto del inventario de proezas merecen quedar registrados el del Estadio Azteca, ya el único del mundo que ha albergado partidos de tres Mundiales: 1970, 1986 y 2026; o la primera vez en la historia en que las seis confederaciones tuvieron plaza garantizada, con los debuts de Cabo Verde, Curazao, Jordania y Uzbekistán; o la tercera ausencia consecutiva de Italia, cuatro veces campeona; alcanzar el partido número mil de la historia de los Mundiales, Túnez-Japón en Monterrey; y constatar a las seis árbitras designadas, la segunda tripleta íntegramente femenina en un Mundial masculino.

Esa magnitud en logros y reconocimientos quedó también plasmada en el fútbol mismo hasta la final, donde España venció 1-0 a Argentina en tiempo extra y ganó su segundo título concediendo un solo gol en ocho partidos, convirtiéndose en la primera nación que ostenta simultáneamente el Mundial masculino y el femenino. Rodri se llevó el Balón de Oro, Unai Simón el Guante de Oro, Pau Cubarsí el premio al mejor jugador joven. Mbappé conquistó su segunda Bota de Oro consecutiva y quedó como máximo goleador histórico de los Mundiales, y Messi fue elegido mejor jugador del torneo. Y a nivel de equipos, la selección de los Países Bajos se llevó el Trofeo Fair Play, un premio que, como escribí en el artículo anterior, “La verdadera medida del juego limpio”, pasa cada cuatro años casi sin promoción y merecería exactamente la atención contraria. Volveré sobre él al final, porque los datos de este Mundial le dan una dimensión que no esperaba.

Pero quizá la conclusión más significativa, y lo que revela tanto el diseño de la competición como el sistema de competiciones que representa, es esto: de las cuatro selecciones que llegaron a lo más alto, tres representan también a tres de las ligas más ricas y competitivas del mundo: España, Inglaterra y Francia. La excepción fue Argentina, aun y cuando veremos que confirma la regla en lugar de negarla. Alemania, cuya Bundesliga es la tercera liga más rica del mundo por ingresos, dato que retomo con el detalle completo en la sección V, en cambio, recuerda que ni el mérito ni el diseño garantizan un resultado previsible: cayó no por carencia competitiva, sino por la astucia táctica del rival que la eliminó, como se detalla más adelante (Paraguay–Alemania). La competición perfecta no existe, y por eso tampoco existen los pronósticos seguros. Como la vida misma.

Hay además una cifra que dice más sobre el sistema mundial de competiciones que sobre la propia Copa del Mundo: 308 goles, 2,96 por partido, el promedio más alto desde 1970. Se usó para zanjar el debate de nueve años sobre la ampliación —sumar dieciséis selecciones no diluyó el espectáculo, se dijo, caso cerrado— y es verdad que no lo diluyó. Pero bien leída, esa cifra ayuda a entender un sistema global de competiciones que necesitamos ver con claridad si queremos mantener al deporte sano y en el papel que cumple para la humanidad. Leerla lo mejor posible para ir aprendiendo es lo que intento con este artículo.

  1. Medir más para entender mejor

Aquí conviene recordar, y distinguir bien, dos palabras que en español se confunden con facilidad, y que explico en detalle en mi libro Competición Limpia: una «competición» es la estructura que organiza la asociación para competir, el enfrentamiento: el torneo, sus reglas, su calendario, lo que los griegos llamaban agón; una «competencia» por el otro lado, es la capacidad que un competidor desarrolla y despliega dentro de la competición: técnica, táctica, estratégica, también de carácter, su áthlos particular. Un Mundial de cuarenta y ocho selecciones y ciento cuatro partidos es, en ese sentido, un laboratorio único que permite medir, clasificar y comparar no solo a los participantes y sus competencias, sino también los sistemas que los forman, a una escala que ningún otro evento deportivo alcanza. Pero además de medir a los competidores, la competición se mide a sí misma: su propio diseño tiene también una calidad, y esa es la pregunta que abre este capítulo.

Saber medir, y qué medir, es entonces un deber elemental de una competición, y en el fútbol empieza por saber medir la calidad de un partido: contar solo goles no alcanza. Más goles no significa necesariamente más calidad de fútbol; sí implica, con certeza, más espectáculo. Y conviene no confundirlos, porque un promedio de casi tres goles por partido es igualmente compatible con dos competiciones opuestas: una de ciento cuatro encuentros reñidos resueltos por un gol, y otra donde una cuarta parte termina en goleada y el resto se juega con miedo. Ambos arrojan la misma media. El promedio no distingue una competición sana de una desequilibrada, así que no puede probar nada por sí solo.

Lo que sí describe la salud de una competición es la calidad agonística del encuentro: la que se produce cuando compiten dos rivales de igual a igual y el resultado se decide porque uno de los dos rompe ese equilibrio, no porque nunca existiera. Eso se mide con la proporción de partidos reñidos, los decididos por uno o dos goles. En la primera fase del Mundial 2026 ese indicador fue del 47,2 %, y en las seis ediciones anteriores nunca bajó del 58,3 %. Por primera vez en este siglo, menos de la mitad de los partidos de la primera fase de un Mundial fueron partidos así de disputados.

Y aquí este Mundial se parece a otro que compartía con él una característica decisiva: haber sido el primero de una ampliación. Francia 1998, el primer Mundial de treinta y dos selecciones, vio caer su proporción de partidos reñidos del 61,1 % de 1994 al 50,0 %, mientras los empates saltaban del 22,2 % al 33,3 %, el registro más alto de las nueve ediciones que estudié.

Pero desde el Mundial siguiente empezó a recuperarse: 58,3 % en 2002, 62,5 % en 2006, 60,4 % en 2010 y 2014, 64,6 % en 2018, y 68,8 % en Catar 2022, el máximo histórico de la serie. Veinticuatro años después de la ampliación, el Mundial de treinta y dos había ido transformándose en el torneo más competitivo del que tenemos registro. Y entonces llegó el primero de cuarenta y ocho, y la cifra cayó al 47,2 %.

Es decir: ampliar un Mundial produce un daño competitivo inmediato, medible y, según el precedente de 1998, transitorio. No es una opinión sobre la ampliación, es un patrón que se ha manifestado las dos veces que ha ocurrido, con la misma forma y en la misma fase. Lo que cambió esta vez fue la magnitud, y sobre todo el fútbol.

III. Fase por fase: dónde se rompe la competición y dónde se repara

El Mundial 2026 tuvo cinco fases más la final: una primera por puntos y cuatro de eliminación directa, las que la prensa llama dieciseisavos, octavos, cuartos y semifinales. Recorrerlas en orden es la única manera de ver dónde está el problema, porque la proporción de partidos reñidos sube en cada filtro y las goleadas desaparecen en el mismo trayecto. Los indicadores completos están en el apéndice; esa progresión es el hallazgo central del artículo, con la advertencia de que las últimas fases tienen cuatro y dos partidos y no nos sirven para llegar a una conclusión estadística. La primera, con setenta y dos, es la ideal para estudiar y encontrar tendencias o excepciones.

Primera fase: la competición por puntos, y el problema

Cuarenta y ocho selecciones en doce grupos de cuatro, jugando por puntos, con treinta y dos clasificados: el 67 % de los participantes avanza. Aquí vive todo el desequilibrio del torneo. Solo el 47,2 % de los partidos se decidió por uno o dos goles, una de cada cuatro terminó en goleada y los empates llegaron al 27,8 %.

Lo primero que sufre una ampliación no es el resultado: es el estilo de juego. Al admitir selecciones teóricamente menos competitivas, el planteamiento táctico mayoritario se vuelve conservador: resistir, buscar el empate por encima de todo. Y era la jugada correcta. Póngase en el banquillo de Cabo Verde, de Curazao o de la República Democrática del Congo: su rival está cuarenta puestos por encima, su plantilla vale una fracción de la contraria, y usted tiene noventa minutos. Si sale a proponer, pierde 4–0; si cede la pelota, junta dos líneas de cuatro y corta el juego, sus probabilidades de clasificar suben de manera medible. Defender, en estos casos, es sumar aunque sea un punto.

La diferencia entre las dos ampliaciones es que en 1998 esa aritmética funcionó y en 2026 casi nunca. En 1998 las goleadas no aumentaron nada: 16,7 %, el mismo porcentaje que en 1994, y buena parte del colapso vino de los empates: los recién llegados se metieron atrás y aguantaron. El caso más nítido es Chile, debutante en resistir aunque no en el torneo: empató sus tres partidos de grupo, concediendo el gol del empate en los tres, y avanzó a octavos con el mínimo histórico de tres puntos. En 2026 las goleadas se duplicaron, del 10,4 % al 25,0 %, y los partidos con cuatro goles o más pasaron del 20,8 % al 40,3 %. El bloque bajo no ahogó el torneo: fue una estrategia que la mayoría de las veces falló. Aunque te defiendas, la selección que proviene de un sistema de competiciones más exigente gana con mucha más regularidad que la que se limita a resistir.

Segunda fase: cambia la fórmula, y con ella el miedo

Filtrado el número de competidores a la mitad, el torneo cambia de naturaleza de un día para otro, y cambia porque cambia la regla, y con ella, cambia también el algoritmo de la competición. Ya no se suman puntos: se gana o se sale. Ante la certeza de quedar eliminados si pierden, los equipos teóricamente inferiores se cierran a toda costa, apostando a perder dignamente, a ganar de contragolpe o a llegar a los penales. Ante esa realidad táctica, la proporción de partidos reñidos salta del 47,2 % al 68,8 %, el nivel de Catar 2022, y las goleadas se reducen a la mitad.

Nada lo describe mejor que Paraguay-Alemania. El 29 de junio, en el Boston Stadium, 63.945 personas vieron a Alemania darse contra una pared durante ciento veinte minutos. Los alemanes jugaron un 4-2-3-1 y no encontraron grietas; Paraguay, un 4-4-2 que funcionó como dos líneas de cuatro pegadas al área. Se puso en ventaja al minuto 42 con gol de Julio Enciso y desde ahí se replegó aún más; Alemania empató por Havertz al 54 y después atacó sesenta y seis minutos sin volver a marcar, veintiún remates contra siete, dieciséis tiros de esquina contra seis. En la tanda, Havertz falló el primero y José Canale convirtió el último. Marruecos hizo lo mismo con Países Bajos y llegó hasta la cuarta fase; Egipto sacó a Australia por la misma vía; Cabo Verde llevó a Argentina al tiempo extra; Noruega eliminó a Brasil. No fueron accidentes: fueron la ejecución competente de la única estrategia disponible. El agón les exigía sobrevivir noventa minutos; lo que hicieron con ellos fue su áthlos: el que se narra como una historia digna de una novela.

Pero también aquí fueron la excepción, y el dato lo confirma: las tandas de penales de todo el torneo fueron cuatro de treinta y dos partidos, el 12,5 %, la proporción más baja de cualquier Mundial reciente, en 2022 había sido del 31,2 %. Quizá sea esa la mejor noticia del torneo: al final, la mayoría de los resultados parecían premiar el esfuerzo de equipo que proponía más.

Tercera, cuarta y quinta fase: la competición se perfecciona

De ahí en adelante cada filtro mejora el torneo, porque van quedando selecciones cada vez más parejas. La tercera fase mantiene el 62,5 % de partidos reñidos, y en la cuarta y la quinta ocurre algo que merece subrayarse: los cuatro partidos de la cuarta fase y los dos de la quinta se decidieron todos por uno o dos goles, sin una sola goleada, con un promedio de tres goles por partido en la cuarta. Ahí está la combinación que toda competición persigue y casi nunca consigue: máximo espectáculo y máxima paridad al mismo tiempo. El ejemplo más puro llegó en el partido por el tercer puesto, Francia 4-6 Inglaterra: diez goles, decidido por dos, un espectáculo extraordinario y a la vez un partido técnicamente excelente entre iguales, jugado, además, en el único encuentro del torneo sin apenas costo deportivo por perder.

Sumadas, las cuatro fases de eliminación produjeron el 75 % de sus partidos decididos por uno o dos goles, con un promedio de goles casi idéntico al de la primera fase: 2,91 contra 2,99. Mismo promedio de goles, torneos estructuralmente opuestos. Y ahí se cierra el argumento del capítulo II: la misma limitación estadística que expliqué al inicio, dos competiciones opuestas pueden arrojar la misma media de goles, es, letra por letra, lo que ocurrió aquí. La métrica que se difundió como prueba de salud competitiva, los 2,96 goles por partido, la cifra más alta desde 1970, promedió dos torneos opuestos entre sí, y por eso no pudo detectar ninguno de los dos: ni el desequilibrio de la primera fase, ni el equilibrio que la siguió. El Mundial 2026 comenzó con una primera fase desequilibrada seguida de una competición de gran equidad competitiva en las fases siguientes. Y como el desequilibrio se concentró íntegramente en la fase de admisión, el problema no está en el fútbol de 2026: está en quién fue admitido, y en el estado del sistema que lo formó.

  1. El espectáculo cobró en los dos escenarios

Aquí la distinción entre el Mundial como competición y el Mundial como espectáculo deja de ser conceptual y empieza a tener consecuencias contables. Cuando el bloque bajo se rompió hubo goleadas, y las goleadas producen goles, resúmenes, recortes que circulan y valor publicitario. Cuando aguantó hubo drama: Paraguay eliminando a Alemania por penales vale, en audiencia y en circulación, mucho más que un 1–0 táctico y magnífico entre iguales.

El diseño produjo un gran resultado para el negocio, aun cuando produjo resultados que señalaban desequilibrios en la competición. Y eso importa todavía más si se considera lo difícil que la FIFA le puso al aficionado el acceso a los estadios, con unos precios variables que llevaron los boletos a los valores más altos de la historia del torneo. La métrica que subió es exactamente la que un sistema orientado al espectáculo tendería a subir; la que cayó pasó sin ser advertida por casi nadie, aunque existía desde 1998 la evidencia de que caería.

Queda entonces la pregunta que importa, y es la que ocupa la segunda mitad de este artículo. ¿Por qué esta ampliación, igual que la anterior, nos dejó ver un fútbol tan desnivelado al comienzo del Mundial?

  1. El mapa económico y de emigración del fútbol

Aquí el Mundial se convierte en la fotografía de la cúspide del sistema global de competiciones de fútbol. Porque el torneo, aunque se presenta como una competición de selecciones nacionales, ya no representa solo al fútbol profesional que desarrolla cada país, como sí ocurría cuando se organizó por primera vez hace casi un siglo, en 1930. Hoy representa a un sistema global de competiciones que constituye, además, uno de los mercados globales más singulares del mundo: un mercado establecido por ligas y clubes profesionales de todo el planeta en el que lo que se forma y se comercia es el ser humano.

Cada uno de los 1.248 jugadores del Mundial fue desarrollado y es empleado por un club, y los clubes viven en ligas, es decir, en competiciones, con estructuras y economías radicalmente distintas. Y, según su talento, las oportunidades de desarrollarlo al máximo migran de liga en liga, de país en país. Ese mapa dinámico, el de los jugadores en movimiento, explica al Mundial mejor que cualquier análisis táctico.

Para entender ese mapa hay que empezar por identificar a las ligas más ricas, la cumbre competitiva de ese talento^1^. La competición más rica del mundo es la Premier League inglesa, con 7.880 millones de euros en 2024-25; la siguen LaLiga con 5.460, la Bundesliga con 4.250, la Serie A con 4.038 y la Ligue 1 con 2.165. Fuera de Europa la más rica es, para asombro de muchos, la MLS, con 2.425 millones, quinta del mundo y por delante de la Ligue 1; detrás, el Brasileirão con 1.867, séptimo. La liga argentina no aparece entre las quince primeras.

Y hay una referencia como competición de la que el fútbol todavía tiene que aprender a leer, porque no es de fútbol. La NFL genera 19.880 millones de euros anuales, (temporada 2025): dos veces y media la Premier League, y más que los 15.000 millones de dólares que produjo el Mundial 2026 completo, el propio récord de ingresos de la FIFA citado al inicio de este artículo, repartido, además, en un evento que solo se celebra cada cuatro años. Plantea un diseño de competición completamente distinto, un modelo cerrado, sin ascensos ni descensos, que interviene su propio equilibrio competitivo con una agresividad que en el fútbol resultaría impensable: draft invertido, tope salarial duro, reparto de los ingresos televisivos a partes iguales entre sus treinta y dos clubes. La competición más rica del planeta es también la que trata el desnivel como un defecto a corregir por diseño, y no como un subproducto tolerable del mercado. El desnivel es una decisión, tiene un costo, y las competiciones que más valen son precisamente las que más lo combaten.

Con esa referencia como tope, reconstruí la trayectoria de los jugadores del torneo, club por club y país por país, con apoyo de herramientas de análisis de datos. El primer resultado es la tendencia más contundente de todo el análisis: 549 de los 1.248 jugadores del Mundial, el 44 %, trabajan en las cinco ligas más ricas del mundo, ubicadas en cuatro países europeos. Un torneo de cuarenta y ocho selecciones y seis confederaciones se surte, casi a la mitad, de un mercado laboral del tamaño de Europa occidental.

El segundo resultado es una escalera. Si se mide, para cada selección, qué proporción de su plantilla estaba empleada en esas cinco ligas y se ordenan por la fase alcanzada, el orden es casi perfecto. Ninguna de las cuatro semifinalistas tenía menos del 77 % de sus jugadores en las cinco ligas más ricas, con un promedio del 91 %. Ninguna de las dieciséis eliminadas en la primera fase pasaba del 58 %, y su promedio fue del 19 %; ocho estaban en el 12 % o menos, hasta el 0 % de Irán.

Y con eso el desequilibrio de la primera fase deja de ser un misterio. El 25 % de goleadas no fue un accidente futbolístico: fue la economía de clubes asomando por el marcador. Ampliar a cuarenta y ocho significó admitir a dieciséis selecciones cuyos jugadores están casi enteramente fuera del circuito donde se define el nivel máximo. El resultado estaba escrito antes del sorteo.

  1. Las siete maneras de construir una selección que nos deja este Mundial

Ahora la parte útil, y la más esperanzadora, porque lo que nos deja este Mundial es que la migración de futbolistas revela algo que no es evidente: la competitividad de una selección no depende de tener una liga rica en casa. De las dieciséis que superaron la primera fase, solo dos llegaron por eso. Basta investigar la trayectoria de sus jugadores, edad de la primera salida, partidos en la liga local antes de emigrar, destino y regresos, para que aparezcan siete arquitecturas nacionales distintas. Lo hice con 416 fichas; los datos están en el apéndice.

  1. Absorción interna: Inglaterra y España. Catorce de los veintiséis ingleses y diez de los veintiséis españoles nunca salieron de su país. La liga doméstica es el nivel máximo, así que la exposición al circuito de élite se resuelve sola. El modelo más simple, el más eficaz, y el que prácticamente nadie puede copiar.
  2. Conducto directo: Suiza, Portugal y Bélgica. Ligas modestas, ninguna entre las siete primeras del mundo en términos de riqueza monetaria. La lectura de sus nóminas indica que sus jugadores salen a los veinte o veintiún años tras cincuenta a setenta y cuatro partidos en casa y entran inmediatamente a una liga grande: el 88 % de las primeras transferencias suizas, el 87 % de las portuguesas, el 79 % de las belgas. Trece de las veinticinco salidas suizas fueron a Alemania, un solo mercado contiguo y con lengua compartida. Ninguna de las tres tuvo fuga hacia ligas que pagan mucho y compiten poco. Este es el modelo replicable.
  3. Escalera: Noruega. Solo el 52 % de sus primeras salidas fue directo a una liga grande; el resto ascendió por Países Bajos, Bélgica, Austria y Dinamarca antes de dar el salto. Más lento, cero fuga, y también cuarta fase. Haaland es el manual: Molde, Salzburgo, Dortmund, Manchester City.
  4. Diáspora: Marruecos. Mediana de «salida» a los doce años y cero partidos en la liga local, porque no son emigrantes: son futbolistas formados en academias europeas que eligieron la selección de sus padres. La pirámide doméstica marroquí no formó a esta plantilla. Es una vía legítima, llegó lejos, y no construye nada dentro del país.

 

  1. Extracción sin escalera: Argentina, Colombia, Paraguay y Canadá. Cero jugadores que nunca salieron: se van todos. Y la calidad del destino se degrada al bajar: Argentina coloca el 73 % de sus primeras salidas en ligas grandes, Colombia el 31 %, Canadá el 27 %, Paraguay el 12 %. Paraguay es el extremo, con veintiséis partidos en su liga y salidas a Argentina, Brasil o México, y sin embargo eliminó a Alemania. Que es la coherencia final del cuadro: un equipo formado así solo puede competir a este nivel defendiendo.
  2. Retención hacia abajo: México y Egipto. Once jugadores que nunca salieron en cada caso, la mediana más alta de partidos locales del estudio —México, noventa y seis— y a la vez la peor exposición al nivel máximo: México 40 %, Egipto 20 %. Más la mayor fuga hacia ligas de dinero sin nivel equivalente. Retienen, pero dentro de un nivel que no compite, y lo que sale se va hacia el dinero en lugar de hacia arriba.
  3. La autosuficiente: Arabia Saudita. Veinticinco de sus veintiséis jugadores trabajan en la liga saudí; uno solo, el 4 %, en las cinco grandes. Es el modelo original del fútbol de selecciones —la selección es la liga nacional— y funcionó durante décadas, cuando el mercado no era global. Hoy es el suelo de la tabla: Arabia Saudita cayó en la primera fase. Y la comparación con Suiza contiene la lección completa: una liga con dinero de sobra y sin conexión con el circuito de élite produce menos competitividad internacional que una liga modesta con una ruta bien construida.

Queda un caso que confirma la regla desde el ángulo opuesto: el del país anfitrión. Estados Unidos tiene la quinta liga más rica del mundo y solo siete de sus veintiséis jugadores trabajan en ella; el 54 % está en las cinco grandes, tras emigrar a los dieciocho años con una mediana de tres partidos en la MLS.

La selección del país cuya liga factura 2.425 millones de euros no le confía a esa liga la formación de sus mejores futbolistas. Riqueza de la liga y nivel competitivo no son la misma variable. La MLS es una liga joven: treinta años frente al siglo largo de sus pares europeas, construida bajo un modelo cerrado de tope salarial pensado para el crecimiento del mercado estadounidense, no para competir con la infraestructura y la densidad competitiva que Europa acumuló durante generaciones. Su riqueza refleja el tamaño de ese mercado, no el salario que puede ofrecer ni la profundidad de su nivel de juego, todavía, y por eso sus propios futbolistas siguen necesitando la exposición europea, y probablemente también el salario, que el propio tope salarial de la liga local no les permite ofrecer aún.

VII. Los grandes de Sudamérica: dos modelos de competición con resultados contradictorios

Argentina y Brasil merecen apartado propio, y conviene decir de entrada que no comparten problema. Se parecen en que ninguno de los dos está haciendo nada improvisado, y en que ambos exhiben defectos estructurales. Pero son defectos distintos, y —como se verá en el capítulo siguiente— ambos son versiones moderadas de algo que en otra federación llegó al extremo.

Argentina no puede retener. Sus internacionales debutan en la máxima liga argentina a los dieciocho y emigran a los veintiuno, con una mediana de cuarenta y cuatro partidos en la Primera, y ninguno superó los noventa. Suiza, con una liga comparablemente más pobre, entrega setenta y cuatro partidos; Noruega, sesenta y tres —y tienen ocho y seis jugadores respectivamente por encima de los cien partidos locales. Argentina tiene cero. La distribución está truncada: en el instante exacto en que un futbolista argentino se consolida, se lo venden. La Primera nunca pone en cancha a un internacional maduro; pone en cancha a sus futuros internacionales mientras todavía se forman. Y no hay repatriaciones, porque no hay con qué pagarlas.

Conviene subrayar que Argentina tiene el 73 % de la plantilla en las cinco grandes, ninguno en ligas que pagan mucho y compiten poco. Sus futbolistas van todos a competir de verdad. Pero eso se puede convertir en un problema para su liga, aunque sea una virtud de su selección —y de ahí que sea razonable preguntarse si esto explica también por qué los clubes argentinos ya no muestran en las competiciones regionales la competitividad que tuvieron en el pasado. Es una pregunta que merece su propio estudio y sus propios datos, que este trabajo no contiene.

Brasil parece tener el problema opuesto, uno de fondo de plantilla. Aquí hay que ser preciso, porque la lectura fácil sería decir que Brasil ya no produce talento, y es falso: Alisson en el Liverpool, Vinícius en el Real Madrid, Raphinha en el Barcelona, Marquinhos en el Paris Saint-Germain, Bremer en la Juventus, Gabriel Magalhães y Martinelli en el Arsenal. Catorce de sus veintiséis jugadores, el 54 %, en las cinco grandes ligas, varios de ellos entre los mejores del mundo. El techo brasileño está intacto —más alto, en proporción, que el de Argentina.

Lo que cedió es el piso. Siete jugadores trabajan en Brasil, cuatro de ellos repatriados de veintinueve años o más: Paquetá a los 29, Alex Sandro y Neymar a los 33, Danilo a los 34, y cinco están en el Zenit, el Al-Ittihad, el Al-Ahli y el Fenerbahçe: el 19 % de la plantilla en ligas que pagan mucho, pero que podría decirse que compiten poco, la mayor fuga de cualquier potencia tradicional. España tiene el 0 %, Inglaterra y Alemania el 4 %, Francia el 8 %, Argentina el 0 %.

Y eso describe con precisión cómo el Brasileirão usa su dinero. No retiene a sus mejores jóvenes, sigue vendiéndolos a los dieciocho y a los veinte, igual que siempre, sino que los recompra cuando Europa terminó con ellos. Su perfil de plantilla son adolescentes de salida y treintañeros de regreso, con toda la competitividad plena faltando en el medio, mientras la segunda mitad de la selección se coloca en mercados que pagan más y exigen menos. Es la misma operación económica que Cristiano Ronaldo en Al-Nassr: dinero comprando prestigio consumado en lugar de nivel competitivo actual.

Pero nada de esto explica por qué Brasil perdió 1-2 con Noruega. Un partido no demuestra una tesis estructural, y una selección con Vinícius y Raphinha puede ganar cualquier Mundial. Lo que estos datos describen es la arquitectura de una plantilla y la salud de una liga, no el resultado de una tarde.

Son, entonces, dos trampas distintas. Argentina no puede retener porque no tiene el poder económico para hacerlo: su liga se vacía aunque sus futbolistas compitan al máximo nivel. Brasil sí puede pagar, pero el dinero solo le alcanza para el tramo que Europa ya no quiere y para un fondo de plantilla que emigra hacia el dinero en lugar de hacia arriba. Ninguna de las dos salidas conduce a una liga nacional lo suficientemente competitiva para competir de tú a tú con las grandes potencias, y eso es la definición de un problema estructural. Ninguna de las dos, sin embargo, ha llegado todavía al punto en que ese problema estructural se traduce en no clasificar. Ese punto sí existe, y el fútbol tiene un caso de estudio perfecto.

VIII. Italia, el caso que no encaja

Este análisis estaría incompleto sin ese caso, porque Italia es lo que Argentina y Brasil todavía no son: la versión completa del mismo problema, llevada hasta su consecuencia final. La Serie A es la cuarta liga del mundo por ingresos y una de las más exigentes que existen, y entregó setenta y un jugadores al Mundial 2026, de veintinueve selecciones distintas. Italianos: cero, porque Italia no clasificó, por tercera vez consecutiva, algo que ningún antiguo campeón había hecho nunca.

El debate italiano culpa a la cantidad de extranjeros en su liga, y hay un siglo de correlación que lo respalda: la Serie A nació en los años veinte prohibiendo extranjeros y llegaron los títulos de 1934 y 1938; se abrió tras la guerra y llegó el fracaso de 1958; se reinstauró la prohibición y llegaron la final de 1970 y el título de 1982; los cupos se aflojaron en los ochenta y en 1995 un tribunal los eliminó para jugadores comunitarios. Desde entonces, tres Mundiales sin Italia.

Pero el contraargumento es demoledor y está en mis propios datos. La Premier League es la liga más internacionalizada del mundo, 199 jugadores del Mundial de cuarenta y tres selecciones, de los cuales solo veintiuno ingleses, y con ella Inglaterra llegó a semifinales.

Si la explicación fuera «demasiados extranjeros», Inglaterra debería estar peor que Italia. Lo que distingue a los dos casos no es la proporción de foráneos, sino si el país sigue produciendo futbolistas capaces de ganar minutos a ese nivel, en su liga o en cualquier otra. Inglaterra los produce; Italia parece haber dejado de producirlos, y ahí entran su demografía, la mediana de edad más alta de Europa, y un debate sobre ciudadanía que es italiano y que no me corresponde resolver. Italia es la prueba de que tener el nivel dentro de tus fronteras no garantiza que tus futbolistas accedan a él. Y hay una capa adicional que mis datos no capturan: la elegibilidad misma. Italia tiene la población más envejecida de Europa y una ley de ciudadanía de 1992 que no reconoce el derecho de suelo automático; los hijos de inmigrantes nacidos y criados en el país solo pueden solicitarla en una ventana de doce meses tras cumplir dieciocho años. El propio presidente del Comité Olímpico italiano llegó a describir ese trámite como «un círculo dantesco»^2^. El resultado es que una parte del talento que Italia forma en sus propias canchas nunca llega a ser, legalmente, italiana, una variable que ninguna cuota de extranjeros en la Serie A puede explicar ni resolver.

Léanse los tres casos juntos y aparece una escala, no tres anécdotas sueltas. Argentina pierde por no poder pagar; Brasil, por comprar mal el tramo que ya vendió; Italia, por haber dejado de intervenir el propio acceso al nivel máximo hasta el punto de quedar fuera del torneo que alguna vez ganó cuatro veces. Es el mismo problema en tres grados de severidad, y volveré sobre esa escala en la conclusión, porque ahí es donde deja de ser un dato curioso sobre tres países y empieza a describir un riesgo para el sistema entero.

  1. La conducta

Falta mencionar la dimensión de la excelencia ética demostrada por las selecciones participantes durante el Mundial: la del Juego Limpio. Si el agón mide el resultado, el áthlos es donde se juega el carácter, y es ese ángulo del Mundial que presenté con profundidad en el artículo anterior de esta serie, donde analizo cómo la FIFA entregó el Trofeo Fair Play a la selección de los Países Bajos casi en silencio, y argumenté que lo hizo sin medir bien esa dimensión.

Concluí que España, y no Países Bajos, es la verdadera campeona del Juego Limpio del Mundial 2026: “campeona por mérito futbolístico, campeona por carácter”. El análisis completo, partido a partido, con el marco del CIFP aplicado al fútbol, lo pueden leer en el artículo La verdadera medida del Juego Limpio.

Lo que este artículo añade es una posible explicación estructural de las conductas demostradas por cada selección: la certeza del camino que ofrece -o no- el sistema formativo de cada país. Vuelvo sobre ello en la conclusión.

  1. Lo que exige la competición limpia

Recapitulemos, porque cada pieza sostiene a la siguiente. El Mundial 2026 batió todos los récords de público y de ingresos, y produjo la primera fase menos disputada del último cuarto de siglo. El promedio de goles subió porque subió el desnivel, no la calidad. El desnivel se concentró íntegramente en la fase de admisión y desapareció en cuanto el campo quedó filtrado. Apareció porque se admitieron dieciséis selecciones cuyos jugadores están fuera del circuito donde se define el nivel máximo, un circuito de cinco ligas que emplea al 44 % del torneo. Y esas selecciones están fuera porque el mercado global de talento extrae sin compensar, dejando a los países exportadores sin la base que los volvería competitivos. El desequilibrio del torneo era una consecuencia aritmética de la estructura del fútbol de clubes, y era previsible desde 1998.

Pero detenerse ahí sería releer el Mundial como un problema de formato, cuando en realidad describe algo mayor: el estado de un sistema mundial de competiciones que la FIFA no diseña por completo, pero cuyo desenlace administra y del cual se beneficia. Argentina, Brasil e Italia, leídos en conjunto, son tres grados de un mismo síntoma: uno retiene sin poder pagar, el otro paga sin poder retener, y el tercero dejó de intervenir su propio acceso al talento hasta quedar fuera del torneo. Ninguno de los tres ha construido todavía la arquitectura que sí construyeron Suiza, Noruega o Bélgica. Cuarenta y ocho selecciones jugaron el Mundial 2026; cinco ligas, ubicadas en cuatro países, emplearon al 44 % de sus jugadores y decidieron, con una regularidad casi perfecta, quién llegaba lejos. Esa es la competición real que el Mundial revela cada cuatro años, distinta de la que se juega en el campo, y es la que este artículo intenta medir.

De ahí salen tres conclusiones concretas de este primer Mundial ampliado a cuarenta y ocho selecciones, y ninguna implica volver a treinta y dos.

La expansión a cuarenta y ocho equipos funcionó. La ampliación tiene un costo competitivo transitorio. Decirlo no es estar contra la inclusión: es la condición para defenderla con honestidad. El precedente de 1998, absorbido en uno o dos ciclos hasta llegar al máximo de 2022, es el argumento más fuerte que tienen los partidarios del formato de cuarenta y ocho. No lo usaron, porque para usarlo habría que admitir que el costo existe.

Hay que saber medir y qué medir. La FIFA debería publicar indicadores de equilibrio competitivo junto a los de asistencia e ingresos: distribución de márgenes de gol, proporción de partidos decididos por uno o dos goles, dispersión por fase, para ubicar, como hice en este artículo, en qué momento del torneo se concentra el desequilibrio, y cantidad de partidos sin incidencia en la clasificación, es decir, encuentros que ya no pueden cambiar el resultado de nadie: el síntoma más directo de que una fase dejó de producir competencia real entre sus participantes. Cuatro cifras, que se calculan en una tarde como se calcularon todas las de este artículo. Presentar esa dimensión del Mundial es presentar un certificado de competitividad, y por ende de la buena salud del Mundial como competición. Publicarlas, además, sería el primer paso concreto hacia lo que los artículos anteriores de esta serie le han venido proponiendo a la FIFA: no solo organizar el Mundial más grande y más rentable de la historia, sino aspirar a que sea, también, el ejemplo de Competición Limpia que el deporte mundial necesita.

Hay que entender el sistema para poder consolidarlo. De las tres, esta es la conclusión que sostiene a las otras dos, porque mide algo que ninguna encuesta de audiencia ni ningún indicador de ingresos captura: la salud del sistema que produce a los competidores, no solo la del torneo que los reúne cada cuatro años. El mercado de talento que describí en la sección V de este artículo no compensa a quien forma: extrae. Un club paraguayo, marfileño o uzbeko desarrolla a un futbolista desde los doce años y recupera de esa inversión una fracción de lo que ese jugador terminará valiendo en el mercado europeo; la federación de origen se queda sin la base sobre la que se sostiene una selección competitiva, el mismo patrón que separa a las dieciséis eliminadas en primera fase, con un 81 % de su plantilla, en promedio, fuera de las cinco grandes ligas, de las semifinalistas, con un 91 % dentro de ellas. No es una falla de talento: es una falla de arquitectura, medible país por país.

Los recursos récord que produjo la ampliación deberían llegar, de forma medible y auditable, a las federaciones que la incorporaron y a las que quedaron fuera, para estudiar soluciones y construir en cada una un sistema propio capaz de formar talento competitivo, no para repartir el excedente con motivos políticos, lo que alimenta la corrupción en lugar de la competitividad. Pero el dinero es solo una parte de la respuesta: la otra es la creatividad con la que cada federación diseñe su propia arquitectura competitiva, incluyendo tecnologías que promuevan la buena gestión, el juego limpio y la competición limpia, y su disposición a tejerla con la de otras ligas y confederaciones, acuerdos de formación conjunta, calendarios coordinados, préstamos regulados de jugadores jóvenes entre confederaciones, en lugar de competir de manera aislada por los mismos recursos escasos. Ningún país necesita copiar el modelo europeo: necesita construir el suyo propio, y conectarlo con el resto de un sistema mundial cada vez más entrelazado.

Si esas soluciones avanzan, en cambio, hacia un sistema mundial más colaborativo y no solo más rico, el próximo Mundial ampliado podría superar a este en emoción y en éxitos comerciales. Entender el sistema no es un ejercicio académico adicional a la gestión del torneo: es la condición para que la FIFA pueda seguir ejecutando, y hasta ampliando, el Mundial sin repetir, cada vez, el mismo costo en la fase de admisión. La competición que hay que cuidar no es solo la que se juega cada cuatro años en tres países: es la que se juega todos los fines de semana en cientos de ligas, cada vez más conectadas entre sí, porque de ella depende la que veremos en 2030. El agón de la FIFA inspira ese sistema, y debería ayudar a mejorarlo; el áthlos de cada futbolista que se forma y crece en ese sistema se inspira en el mundial, pero dependiendo de poder aspirar a su excelencia gracias a ese sistema mundial de competiciones de fútbol.

Al final, esa es la gran lección que nos deja este Mundial 2026: cuarenta y ocho selecciones iniciaron el Mundial, y que representan a las cientas de otras que no llegaron ni a clasificar. Pero tan solo cinco ligas decidieron quiénes y cómo terminaba.

Por eso este fue, sobre todo, un Mundial para estudiar. Y digo esto porque sus cifras, leídas con cuidado, señalan hacia lo mismo que señala cada gambeta, cada penal fallado, cada resistencia heroica de noventa minutos: un sistema mundial de competiciones que decide, mucho antes del sorteo, quién puede aspirar a la excelencia y quién solo puede aspirar a resistir.

El agón se midió: cuarenta y ocho selecciones, ciento cuatro partidos, un desnivel que nació en la fase de admisión y se disolvió en cuanto el campo quedó filtrado. El áthlos se narró en la resistencia de Paraguay ante Alemania, en la heroicidad de Cabo Verde, en la fiesta de una España campeona por segunda vez. Ninguna de las dos historias sustituye a la otra; juntas explican por qué el fútbol, y un Mundial más que ningún otro evento, sigue siendo, como escribí al principio, tanto prosa y poesía como fórmulas y algoritmos matemáticos. Estudiarlo así, completo, es la única manera de honrar lo que este Mundial 2026 nos dejó: no solo un campeón, sino el mapa de lo que hace falta construir para que el próximo sea, de verdad, mejor.

Notas

1 Las cifras de ingresos de ligas citadas en este capítulo provienen de estimaciones públicas de temporada 2024–25 (tipo Deloitte Football Money League); las de la NFL, de estimaciones de ingresos de la temporada 2025 recogidas por medios especializados como Sportico y Forbes. Sugiero verificar las cifras exactas antes de publicar, dado que no tengo acceso a los informes originales para confirmarlas cifra por cifra.

2 The New Yorker, mayo de 2026.

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